Cada relación nos deja algo. Una persona puede enseñarnos lo importante que es la comunicación; otra, el respeto; otra nos ayuda a descubrir nuestros límites… y alguna que otra nos enseña exactamente lo que no queremos volver a aguantar. Tener diferentes experiencias sentimentales puede ayudarnos a conocernos mejor. Descubrimos qué nos atrae, qué necesitamos emocionalmente y cuáles son esas pequeñas cosas que al principio parecen insignificantes, pero con el tiempo pueden convertirse en grandes diferencias. No se trata necesariamente de acumular parejas como quien colecciona estampitas. Cantidad no significa experiencia ni garantiza que tomaremos mejores decisiones. Lo importante es lo que aprendemos de cada relación.
¿Y cuándo la experiencia se convierte en confusión?
Ahí está el detalle. Cuando constantemente estamos pensando que quizás existe alguien “mejor” esperando a la vuelta de la esquina, podemos terminar comparando demasiado y comprometiéndonos muy poco. Uno puede caer en el famoso: “Este me gusta, pero aquel me hacía reír más… este es cariñoso, pero el otro cocinaba brutal…” Y cuando venimos a ver, estamos haciendo una audición para pareja en vez de construir una relación. Nadie va a reunir absolutamente todas las cualidades que buscamos. Una relación saludable no consiste en encontrar una persona perfecta, sino en encontrar alguien compatible con quien ambos estén dispuestos a crecer. Hablar, escuchar y entender
La clave está en la honestidad
Podemos conocer una, tres o diez personas, pero ninguna relación funciona si falta lo esencial: comunicación. Hablar no significa solamente decir lo que pensamos. También significa atrevernos a expresar lo que sentimos, lo que necesitamos, lo que nos incomoda y lo que esperamos de la relación. Y escuchar es mucho más que quedarse callado esperando nuestro turno para responder. Es intentar comprender lo que la otra persona siente, incluso cuando no pensamos exactamente igual. Porque muchas relaciones no terminan por falta de amor, sino porque dejamos de hablarnos con sinceridad, dejamos de escucharnos o comenzamos a asumir lo que el otro piensa.
Entonces… ¿probar o decidir?
No existe un número mágico de parejas que tengamos que conocer antes de encontrar a la indicada. Para algunos, la primera gran relación puede ser suficiente; otros necesitarán varias experiencias antes de saber realmente qué quieren. La verdadera experiencia no está en cuántas personas pasan por nuestra vida, sino en cuánto aprendemos de ellas… y de nosotros mismos. Al final, podemos probar mucho y seguir confundidos, o conocer a una sola persona y tenerlo clarísimo.
Porque cuando encontramos alguien con quien podemos hablar sin miedo, escuchar sin atacar, reír sin fingir y ser nosotros mismos sin tener que actuar, quizás sea momento de dejar de mirar el menú… y disfrutar lo que ya tenemos en la mesa.
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